Reporte 9
Hace poco que ha amanecido. Hoy me dispongo a viajar a tierras lejanas para continuar con mis propósitos. Es el comienzo de una travesía a través del globo que durará bastante, y tal vez jamás vuelva a mi lugar de origen.
Me he dirigido a un bosque cercano a la costa. Voy en busca de algunos troncos que queden en pie para construir una balsa que me lleve a la tierra más próxima. Este trabajo me llevará un tiempo, puesto que la mayor parte del bosque está calcinada, y los restos, inservibles para construir cualquier objeto de madera.
Al cabo de alrededor de una hora he conseguido reunir todos los útiles necesarios para construir mi balsa, y poco a poco, a eso de un cuarto de hora mi balsa ya está terminada. La llevo a cuestas hasta la orilla, y, antes de embarcar, echo la vista atrás, para dar mi posible último adiós a mi querida tierra, aquella que me vio nacer y me ha dado sustento durante bastantes años.
Como mi recién construido medio de transporte es algo lento, tengo tiempo de sobra durante mi viaje para reflexionar sobre muchas cosas. También han llegado a mi mente imágenes de mi infancia. Mi infancia no fue todo lo agradable que hubiese deseado. Por supuesto, que conté con el cariño de mi familia, y no todos los días me faltó algo que llevarme a la boca. Sin embargo, el mundo en aquél entonces no era mucho mejor a como lo es ahora. El mundo ya se había degradado desde hace algún tiempo, y la sociedad, bueno, más bien escaseaba la población mundial, por lo que no tuve la ocasión de relacionarme con mucha gente.
Supongo que fue en nuestra infancia cuando, todos nosotros, empezamos a curtirnos para la batalla. Cuando empezamos a hacernos a un mundo cruel y desolador. Quién sabe si los dioses estuviesen jugando con nosotros para disfrutar de una buena guerra, como la que se está librando en nuestros días.
Cuando estaba más o menos a mitad de camino, me llegó a mi mente el informe de una batalla que se acababa de librar entre el conocido Ezherin, el rey del hacha, y otro guerrero, por el momento desconocido, que pareció ser duro de pelar. No tenía gran armadura, pero tenía en su brazo izquierdo un escudo de mitrilo que le defendía de cualquier ataque. Además, tenía en su poder una espada corta con la que podía causar un daño atroz en el enemigo.
Lasez el azotador
Y sin dejar de ser cruel
Ataca a Ezherin el segador
En esta lucha sin cuartel
El hacha responde
A los deslizantes cuchillos
Lasez no se esconde
No es una lucha de chiquillos
La batalla se complica
Los dos están igualados
La ira se amplifica
los dos pueden estar acabados
La batalla se alargó un poco. El rival de Ezherin, Lasez, era duro de roer. Tenía una notable agilidad para esquivar los ataques, lo que le hacía un rival fuerte en el cuerpo a cuerpo. Atacaba con unas cuchillas que llevaba adheridas a las manos y los pies. Tras algunos rasguños, alguno que otro de gravedad notable, Ezherin logró acabar con su enemigo con un mandoble que le cortó el cuello.
Que Ezherin, un rival con el que las pasé canutas, haya tenido dificultades para hacer frente al enemigo, sólo puede significar una cosa: que nuestros enemigos son cada vez más duros de pelar, y que no he de bajar la guardia, y pensar que el último rival con el que he lidiado no es sólo una excepción, y que vendrán más enemigos más fuertes que yo, y tal vez para la próxima ocasión no vuelva a tener la ayuda que tanto he agradecido.
Al cabo de un rato, sufrí el ataque de unos caimanes, que surgieron de entre las aguas por sorpresa. Por suerte, fui yo más ágil, y antes de que me causasen grandes heridas, todos ellos probaron el sabor de mi renovada, y de azul resplandeciente espada. No obstante, este altercado alteró notablemente el rumbo de mi barca. Antes de darme cuenta, estaba de camino a tierras diferentes de las que había planeado, y ya no había manera de dar vuelta atrás, puesto que desconocía el camino de vuelta. El océano es tan azul, y lo que es peor, tan homogéneo…
Pronto empecé a divisar a lo lejos la costa. No parecía ser una isla, sino más bien parecía que había alcanzado el continente. No obstante, parece ser que no fue muy bien recibido allí, pues, poco antes de llegar a pisar tierra firme, vi llegar hacia mí una lluvia de flechas que parecía provenir de la playa. Salté rápido de la balsa, y con un poco de suerte ninguna de las flechas consiguió alcanzarme. Dirigí mi vista al frente, y pude ver, subido a una alta piedra, un arquero que me estaba atacando maliciosamente.
Hasta llegar a la cosa, mis movimientos se vieron algo ralentizados debido a la columna de agua que tenía que sortear bajo mis pies. No obstante, con un poco de dificultad, esquivando el aluvión de flechas súper rápidas que se dirigían hacia mi persona, conseguí llegar a tierra firme. Tenía al rival justo enfrente de mí, pero no me atrevía a escalar la piedra hasta llegar a él, pues aprovecharía la ocasión para atacarme, y en ese caso no tendría opción alguna para esquivar sus ataques.
Pero pronto tuve la feliz idea de hacerle bajar destruyendo la piedra sobre la que estaba subido, así que blandí mi espada, y con un mandoble, que dejó un reluciente destello azul al reflejarse en el Sol, partí en dos la piedra, y se vino abajo. Tenía justo enfrente de mí al enemigo, pero este se alejó, sin bajar la guardia, ya que sabía que en el cuerpo a cuerpo no tendría nada que hacer contra mí. Mientras se alejaba, a menudo se giraba para lanzarme flechas, pero yo, en vez de quedarme parado viendo cómo me atacaba, decidí seguirle, y como yo, tras la batalla anterior, me he vuelto mucho más ágil, no me costó mucho alcanzarle. Me quedé a pocos centímetros de él, apuntándole con mi espada, y él a su vez con su arco.
Los dos sabíamos que, ante el mínimo movimiento, el otro lanzaría su ataque sin pensárselo dos veces. Yo, pensando en mi superior agilidad, decidí atacar primero, y en efecto conseguí atravesar su cuerpo con mi nuevo ataque relámpago, pero a costa de recibir uno de sus flechazos en mi brazo. Me hallaba en medio del bosque, algo malherido, y sin saber muy bien qué hacer…
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