viernes, 16 de julio de 2010

La saga de los caballeros atormentados I

Reporte 1

¡Oh! De los luchadores el más aguerrido
Y a la vez el más respetado
Por todos es temido
Y por las fuerzas del mal venerado

Como el gran Kasza es conocido por unos
Y por el rey Guadaña por otros
Tiene largos cuchillos por manos
Con los que degolla largos osos

Con sus garras desgarra el aire
Sus colmillos pulverizan los huesos
Y muros abre con sus patadas
No hay dios que no hable de sus hazañas
Ni de las cabezas que ha arrancado
Con el poder de sus guadañas

Estamos en un mundo desconcertante; guerras, epidemias y demás calamidades han asolado nuestro planeta, ahora convertido en un infierno en vida. El brusco cambio en el clima ha acabado con gran parte de la población, y los pocos que quedamos en pie merecemos ser llamados supervivientes. Por si eso no fuera poco, nos vemos envueltos en una guerra, sangrienta como la que más. Cien de nosotros hemos sido llamados para participar en ella. No tenemos otra opción que luchar entre nosotros en una vorágine de sangre y sufrimiento de la que sólo puede salir uno con vida, el cual será proclamado vencedor.

A mi personalmente no me gusta batallear, pero tras todo lo que he vivido… he presenciado escenas atroces: cómo un hombre mata a su vecino por una barra de pan… pueblos enteros convertidos en caníbales, esperando así recibir bocado… cómo grupos de personas han puesto bombas en las sedes políticas, itentando vagamente tomarse la justicia por su lado… madres llorando en dolor viendo como sus criaturas simplemente… se van. Por eso me he curtido en la lucha. Soy capaz de sesgarle la vida a todo aquel que ponga mi vida y mi libertad en tela de juicio. No obstante, mi corazón sigue albergando algo de sentimiento, y de buen grado ayudaré a todo aquél que clame ayuda.

Hay ocasiones en las que me pregunto por qué sigo en esta lucha. Tal vez sea mi sed de venganza. No puedo olvidar cómo unas guadañas partieron en dos el cuerpo de mis padres, y por desgracia no hicieron lo mismo con el mio, dejándome vivir ante un paisaje de frecuentes lluvias de fuego y sangre… de odio y vergüenza… de ganas de que por fin acabe todo esto.

¡Ah, del pobre Savior!
Que vagando por el mundo busca
Incesantemente venganza
Por la muerte de su familia
Por ello prosigue en su andanza
En su imparable vigilia

¿Quiénes somos nosotros? No interesa. Lo importante es por qué estamos en esta lucha tan encarnizada. Seguramente sea porque, al igual que yo, todos hemos sido preparados desde la más tierna infancia para la lucha. Una lucha sin igual, en la que lo único que importa es la victoria a toda costa.

Uno podrá preguntarse cómo es posible que, en un mundo tan grande como el nuestro, de entre cien personas puedan encontrarse siquiera dos de ellas. Pues bien, estamos todos nosotros dotados de un sexto sentido, que nos permite localizar otros de los nuestros, si bien es cierto que pueden pasar semanas, incluso meses, hasta que se libre una sóla batalla. Estas batallas son muy duras: si dos guerreros se encuentran, son capaces de aniquilarse mutuamente sin lidiar ni media palabra. Como hoy en día el alimento escasea, el vencedor suele alimentarse de la sangre y las entrañas del vencido, así como apoderarse de su armadura y su arma, si así lo deseara.

La batalla empezó hace poco más de un mes, y ya he tenido la ocasión de encontrarme con un guerrero que vivía en mi propio país. No hay noche en la que no piense en esa escena: cómo ardió dentro de mi toda mi ira, y valiéndome de ella blandí mi espada y con ella le atravesé el cráneo. Eso sí, antes de ello, de una patada y, antes de que se diese cuenta, le quité el casco, ya que a mi me servía de mucho, y no quería estropearlo.
Ni siquiera quise saber cómo se llamaba. Le avisé de que se alejara si no quería morir, pero no quiso darse por vencido.

Si hay algo que nos caracteriza no es nuestra inmensa fuerza, ni la dureza de nuestro cuerpo, que viene siendo como la del más robusto de los humanos; sino nuestra velocidad: Kasza tiene la fama de partir en mil pedazos el cuerpo de su adversario antes incluso de que este consiga verle la máscara que oculta su horrenda cara. No me gusta presumir, pero soy capaz de despedazar al animal que vaya a comerme, y de apartarme lo suficientemente deprisa como para que mi preciada vestimenta no se sea salpicada por la sangre.

Hace unos días me enteré de que cayó uno de mis amigos de la infancia. Su rival, armado con dos mazas en sendos brazos, le estranguló, y cuando su cuerpo se puso azul del todo, se ensañó con su cuerpo, deformándolo todo cuanto pudo. ¿Apenado? No. El pasado es historia. Ahora lo único que me interesa es que todo esto acabe. Rezo todos los días a los dioses por encontrarme con esas guadañas de la muerte, destrozarlas, y hacerme un buen festín con su dueño.

Despues de eso, si alguien más queda con vida, le pediré amablemente que me mate con todas sus ganas. No estoy por la labor de seguir viendo cómo mi adorado planeta se va a la mierda. Cómo por las calles, llenas de rocas volcánicas, sigue corriendo la sangre de los inocentes.

Este planeta ya no es lo que era. Por las tardes, un sol sofocante abrasa la carne de todo aquel que osa salir de su escondrijo; por las noches, un frío inimaginable congela a todo aquél que se pierde en el bosque, ahora desierto de todo tipo de vegetación. Los desiertos y las zonas volcánicas ocupan ahora más de un 80 % de la zona continental. Los pocos que quedamos con vida, luchamos incesantemente con encontrar algún líquido con el que lubricar nuestros secos labios. Los ríos se han secado, y nos hemos acostumbrado poco a poco a beber agua del mar. Es por esto que nos hemos ido asentando en las zonas costeras.

Yo he de reconocer que el sitio donde me aguardo no es nada molesto; mientras unos se refugian en chazoas de madera, o en cuevas, o en escondrijos hubicados a varios metros bajo el suelo, esto es lo único que se puede llegar a llamar “casa”. ¡Tengo incluso una habitación donde puedo entrenar a mis anchas! Pero, como podrán comprender, no puedo disponer de muchos lujos. No queda una solo central energética en pie. Prácticamente, vivimos como el hombre de las cavernas. Tampoco tenemos acceso a la información: la sociedad tan podrida como estuvo años atrás ha cegado a las gentes, que incluso quemó las bibliotecas e iglesias que encontraba a su paso.

Me pregunto si quedará algún superviviente que sepa hacer pan. De ser así, sería todo un afortunado: los campos de trigo son una de las pocas plantaciones que no han sido arrasadas por el clima y por vándalos diversos. ¡Quién sabe cuánto durará! Cada cierto tiempo cae del cielo una lluvia de meteoritos que arrasa ciudades enteras.
Por supuesto, nosotros salimos ilesos, que prácticamente se puede decir que sólo podemos aniquilarnos entre nosotros. Pero alguien que no sea un guerrero sucumbe fácilmente ante tantas intempestades.

Una de las pocas vías de información son los informes de batalla que nos envían a todos nosotros por medio del sexto sentido. La última la recibí esta mañana: dos guerreros armados con potentísimas armas de fuego de última generación se enzarzaron en Estados Unidos en un combate que acabó con los dos muertos, agonizantes sintiendo en sus carnes cómo el metal de sus armaduras se derretía tras los continuos balazos que recibieron las mismas.

Yo persoalmente detesto las armas de fuego. Soy dado al cuerpo a cuerpo, y no puedo permitirme el lujo de derrotar a alguien a distancia, sin sentir la emoción de poner tu propio cuerpo en peligro. Por eso uso siempre mi espada. Por eso, y porque es un preciado regalo cargado de recueros y sentimientos.

Savior el valeroso
Acompañado siempre por su espada
Siempre de las batallas sale airoso
Y vuelve a su vida alocada

Muchos, según dicen, del odio es nacido
Siendo la venganza su anhelo
Por las circunstancias se ve abatido
Aunque la voluntad es su consuelo

A derrotar a su rival aspira
Y así dar por concluida su misión
Por ello está dispuesto a desatar su ira
Y así luchar con tesón

Cien son los que luchan
Por llegar a ser aquél
Y vencer los males que hacechan
En esta batalla cruel

Algunos armados de cuchillos
Otros de mazas y martillos
Y algunos con metralla
Pretenden ganar la batalla

Pero sólo será uno
El que finalmente salga victorioso
Sin embargo, será inoportuno
Mostrarse ante los demás bondadoso

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