sábado, 31 de julio de 2010

La saga de los caballeros atormentados III

Reporte 3

Hoy ha habido una carnicería importante. Desde tres partes del mundo nos llegan tres sendos reportes de lucha. En efecto, ya hay tres luchadores menos.
El primero, nos narra la lucha entre dos expertos en lucha libre. Uno de ellos luchaba con puños americanos dotados de pequeños cristales, con los que un puñetazo puede causar una herida importante. El otro llevaba equipadas en sendas manos unas garras bien afiladas, que podían desgarrar la carne en el primer descuido. Ambos dos tenían bastante fuerza, pero ninguno de los dos destacaba por su agilidad, excepto, tal vez, la velocidad de sus puños.

El combate empezó muy igualado. El de los puños, ligeramente más alto y robusto, intentaba a toda costa acertar alguno de sus golpes, pero el adversario se defendía muy bien, y con sus garras paraba todos los golpes, excepto uno que, finalmente, le dejó sangrando en el costado. Ahora era el otro el que, enfurecido, decidió a toda costa clavar sus garras en la carne del rival. Primero lo consiguió en el brazo izquierdo, y más adelante en la pierna derecha.

Poco a poco la batalla se fue inclinando del lado del de las garras, bien sea por su superioridad, bien sea porque el otro empezaba a perder la consciencia por la pérdida de sangre. Sus heridas eran muy profundas, hechas por un auténtico guerrero atormentado. Éste consiguió asestarle otro puñetazo, esta vez en la cara, instantes antes de perder el conocimiento, cuando el otro hundió sus garras en la boca de su estómago. Desde entonces, no lo tuvo difícil para rematarle, y así alzarse con la victoria. Como era amante de los animales, dio el cuerpo del caído como alimento para las aves de rapiña.

Unas de las pocas que quedan en este ambiente trastornado. El ser humano se ha valido de su inteligente para seguir con vigencia en el planeta. Pero no ha ocurrido lo mismo con todas las especies. Muchas han perecido ante el cambio climático y los fenómenos naturales exagerados.

La segunda batalla tuvo lugar en la otra punta del mundo, según se ha dicho, en una diminuta isla de la micronesia. Tuvo lugar entre un guerrero conocido por su experiencia, Althanor, que blande una larga lanza súper afilada y veloz, bautizada como Longinus, y otro guerrero desconocido, que portaba un arma de fuego algo mediocre, pero según parece, suplía este defecto con una habilidad innata para el combate. Este último, puso en serios apuros a Althanor, que tardo cerca de un cuarto de hora en dar fin al combate, atravesando su cuerpo de lado a lado con la lanza. Dicen que, esta lanza es tan veloz, que es capaz de atravesar a alguien, sin que la sangre llegue a tocarla. Sea cierto o no, la verdad es que éste siempre empieza un combate con su lanza reluciente. Salió victorioso del combare, pero con una herida que le causó el arma de fuego en una parte del cuerpo desprotegida por la armadura de Althanor, que por otra parte era bastante resistente, hecha de acero.

Según dicen, Althanor es de naturaleza solidaria. Vive, o mejor dicho, vivía en una aldea pobre en la que día tras día se ocupaba de abastecer de alimentos y agua a sus habitantes, los pocos que ya quedaban, a los que tenía en aprecio. A excepción de los cuatro guerreros a los que ha aniquilado ya, su alma es pura. Para mí sería todo un honor entablar combate con él. Sus movimientos son rápidos y ágiles: realmente me pondría a prueba. Nunca habría que bajar la guardia: si lo haces, su lanza Longinus podría atravesar tu estómago en un abrir y cerrar de ojos.

La tercera batalla fue especialmente emocionante: tuvo lugar entre dos guerreros que dieron la talla: dignos de entablar combate conmigo, sin ánimo de ponerse méritos. No eran especialmente ágiles, pero eran fuertes, sabían utilizar bien sus armas, y se valieron a las mil maravillas del bosque en el que lucharon para esconderse y pillar de sorpresa al rival. Cualquier movimiento en falso le podría costar la vida a cualquiera de los dos.

Dos guerreros escurridizos
En su incesante lucha por preservar la vida
Realizan movimientos enfermizos
Y preparan su acometida

El uno con su cimitarra
El otro con alargados cuchillos
Pretenden convertir al otro en chatarra
Y destrozar del contrario los huesillos

Por fin se cruzan sus miradas
y lucha cimitarra contra cuchillo
Las heridas son abusadas
El metal reluciente de brillo

Pese a que ya se habían dañado mutuamente, y nadie estaba dispuesto a ceder, ambos dos se volvieron a ocultar tras las sombras. A partir de aquí, se siguen golpes furtivos, que poco a poco van debilitando a ambos contendientes. El camino se va manchando de sangre.

Finalmente, el combate acaba con el cuchillo clavado del todo en el hombro del adversario, y la cimitarra habiendo cortado el pecho del contrario. Salió vencedor, pero con heridas que le obligarían a retirarse del combate durante un tiempo. No iba a serle fácil esconderse: ahora es un rival débil, y el enemigo huele la sangre a distancia.

Yo también tuve ese día una pequeña batalla, de la que no salió nadie victorioso. Decidimos que los dos estábamos al mismo nivel, y que nos volveríamos a encontrar más tarde, si no acababan con nosotros antes. Se llamaba Ezherin, y era hábil en el manejo de una gran hacha que manejaba con sus dos manos. Mi espada aún no es lo suficientemente fuerte para partir en dos su robusta hacha: tendré que derrotar a más adversarios, para reforzarla con su sangre.

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