Reporte 2
Ya han pasado seis meses desde que esta cruenta batalla empezó, y ahora quedamos noventa de los cien guerreros iniciales. Todo parece augurar que esta guerra será larga, y, sobre todo, dolorosa. No obstante, pronto quedaremos sólo ochenta y nueve, debido que he percibido la presencia de algún otro guerrero en las proximidades, y calculo que al cabo de una hora nos encontraremos.
Mientras tanto, he decidido ir a dar un paseo al bosque. En efecto, hay un bosque cerca de aquí, pero de verde tiene poco. No hay apenas vegetación, y en sus lagos y ríos apenas transcurre vida, pero me sentiré afortunado si consigo encontrar aunque sea un pez pequeño. Este lugar queda a unos dos kilómetros de aquí, así que calculo que en diez minutos habré llegado. Así de paso me entreno y afino un poco más mis reflejos. Por medio hay un volcán, así que me entrenaré esquivando chorros de lava ardiente. Si algo de lava cae en alguna parte desprotegida de mi cuerpo, sufriré una gran abrasión, a pesar de mi resistencia.
Una vez dentro del bosque, me dedico a esquivar los innumerables troncos quemados que resultan ser vestigios de lo que en su día fue vida. Llego hasta un río, donde me dispongo a nadar para poner a prueba mi agilidad en medios más difíciles, y ya de paso bucear en busca de algún signo de vida. Me costó un poco, pero finalmente di con un pez que trataba por todos los medios de escapar a un trágico destino. Fuera, esperé a que, agonizante, su vida se fuera apagando, hasta que finalmente pude valerme de su cadáver para alimentarme. Lo vacié de entrañas y de espinas, y devoré con ansia la parte útil de su cuerpo. Cruda, tal cual. Era más de lo que podía desear.
Como ya mencioné, me valgo de una espada algo vieja y de una armadura más bien modesta. Pero no importa. Conforme vaya pasando la batalla, encontraré enemigos con protecciones mejores de las que apropiarme. No tengo miedo a que mi rival sea superior a mí. He sido capaz de enfrentarme a inimaginables peligros. Tengo un gran espíritu guerrero que puede ser desatado hasta cuotas inesperadas.
Avanzando en mi camino, encontré una explanada, la cual tomé por un buen campo de batalla, así que decidí esperar allí a mi contrincante, que no tardaría en llegar. Al cabo de unos minutos, le tenía ahí delante: era corpulento, lleno de cicatrices y de oído. Poco de humano quedaba en él. Tenía una armadura mejor que la mía, de acero por lo menos, y portaba unos nunchakus como arma.
Sin mediar media palabra, esbozó una leve sonrisa malévola, y se abalanzó sobre mi. Me puse en guardia y blandí mi espada.
Una sangrienta pelea comienza
La victoria es lo único que importa
Los dos guerreros combaten con potencia
La contienda pretende ser corta
Savior blande su espada
Ongor se vale de su tamaño
Y teniendo en cuenta su violencia abusada
Se asemeja a los guerreros de antaño
¡Oh! Increíble cuerpo a cuerpo
Las heridas se hacen cada vez más intensas
La sangre baña el suelo
Cada uno con sus ofensas
Ambos aguardan
Al primero que baje la guardia
Las dimensiones del gigante acobardan
La agilidad del joven produce taquicardia
En un intento desesperado por
conseguir la victoria, Ongor alza
su arma, y destroza el hombro de
su adversario, éste en señal de
venganza blande su espada y desgarra su
abultado cuello
De la sangre que emana de su cabeza
Savior baña su espada
Pues la sangre de los caídos en batalla
Refuerza las armas victoriosas
¡Emocionante batalla la que se ha librado hoy en esta explanada! Lamentablemente, su armadura es muy grande como para ponérmela, pero por suerte tenía suficiente sangre como para dar más vitalidad a mi espada, que ahora parece reluciente, y lista para enfrentarse a cualquier reto. El cuerpo de mi rival, yaciente ahora en el suelo en medio de un charco de sangre, será pasto de aves carroñeras. Su cabeza, en cambio, la guardaré como trofeo.
No obstante, pronto abandonaré mi casa, para lanzarme a la aventura e ir en busca de otros guerreros. Sería apetecible quedarse aquí hasta que sólo quedásemos dos, pero no sería, por supuesto, nada interesante. Calculo que en mi país habrá cinco guerreros más. En cuanto los liquide a todos, iré a otros países, en busca de más aventuras.
Mi alma está sucia, atormentada, como la de todos nosotros. Poco de pureza queda en mí. Tengo un montón de muertos a mis espaldas. Pero lo que a mí me diferencia es que no soy capaz de aceptarlo. Sólo busco el fin de todo esto, aunque ello suponga mi muerte. Los demás, en cambio, lo que exigen es violencia y calmar su odio.
Nos acaba de llegar el reporte de otra batalla entre el temido y un guerrero de baja categoría. Estaba provisto de una armadura oxidada y un arma de fuego, tal vez aceptable, pero totalmente ineficaz ante la poderosísima armadura de Kasza, hecha de mitrilo forjado en minas de fuego, y ante su extrema agilidad. No le costó mucho atravesar con una de las guadañas que tiene por mano el pecho de su rival. Kasza se caracteriza por su extrema saña con el rival. A este pobre diablo lo descuartizó hasta dejarlo literalmente hecho polvo. No podía reconocerse ninguno de sus huesos, ni sus vísceras, ni su carne. No a menos, sus armas son las más poderosas de nosotros cien.
El círculo se va estrechando. No obstante, no veo el día en que esto por fin acabe. Sinceramente, no tengo muchas ganas de salir victorioso. Casi prefiero perecer en el intento, a ser el único superviviente de un planeta que aborrezco, corrompido por el vicio y por la irresponsabilidad de unas gentes irracionales a más no poder.
Cansado de la batalla que hoy se ha librado, me retiro a mi escondrijo a descansar un rato. No obstante, nunca hay que bajar la guardia, y dormir con los dos ojos cerrados: el peligro siempre acecha, y en esta batalla no hay piedad.
Por desgracia, en cada batalla que libro se incrementa un poco más mi odio. No querría tener que pagarlo con alguien inocente. Pero tampoco me voy a mostrar impasible, ya que hoy en día hasta los más débiles muestran su peor lado, y desatan su instinto de supervivencia. No en vano, vivimos unos tiempos en los que hay que buscarse la vida como hacían los antiguos hombres de las cavernas. Aquí no te dan nada hecho.
Acabo de despertar de mi descanso, y me dispongo a entrenarme. Tampoco es que me interese mucho ganar esta batalla. Más bien es para hacer algo con lo que matar el tiempo. Primero, quiero mejorar mi fuerza. Para ello, lo que suelo hacer es partir piedras y cosas por el estilo. Con mis patadas me gustaría abrir paredes, y no estoy lejos de conseguirlo. Resulta duro, no hay que olvidar que tenemos el cuerpo de un humano, y al querer enfrentarse a objetos duros se producen todo tipo de heridas y dolores. Pero no nos queda otra. Uno se crece ante las adversidades. El rival no está dispuesto a hacerte menos daño que una piedra.
Otra opción es ir al volcán más próximo y destruir piedras magmáticas. El calor hace bastante daño, pero es importante acostumbrarse al dolor. Para la agilidad, lo que suelo hacer es ir a una zona llena de obstáculos, por ejemplo a un antiguo bosque repleto de troncos calcinados y piedras, y cruzarlo a gran velocidad. Eso mejorará mis reflejos. No obstante, una colisión a tal velocidad puede ser extrema. Sin embargo, es necesario para mi entrenamiento. No a menos, se dice que Kasza puede atacar a la velocidad del sonido.
En efecto, esas guadañas tienen el prestigio de no haber fallado nunca su objetivo. Y su dueño, de no haber perdido nunca una batalla. Y de muchos es el sueño de derrotarle algún día, pero todos han perecido en el intento.
Estuve toda la tarde ejercitándome, hasta que cayó el Sol. Me siento lleno de energía, a pesar del cansancio. La energía también es importante para el combate, sobre todo para los más prolongados. Y también las fuerzas mentales. Hay que estar en forma para el combate, en todos los sentidos.
¡Oh, del poderoso Savior!
Que en su incesante batalla
Se entrena cual luchador
Y salva los problemas donde los halla
Pretende sobrevivir
Para cobrar venganza
Y no consiente vivir
A todo aquel de la alianza
Que se oponga a su destino
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